Ciertas premisas del gobierno se cruzan como si no fueran paralelas en una misma dirección. Hasta el Fondo Monetario Internacional observa curiosidades en la hoja de contabilidad que presenta el ministro Luis Caputo, ahora de viaje a Cumelén —su lugar en el mundo— para sorprenderse con los precios de las casas frente al lago (no está Mauricio Macri en la zona, ocupado en volar a Colombia y volver el 6 para el cumpleaños de su mujer Juliana).

El organismo revela una voluntad notable para acercarle fondos frescos a la Argentina, envía representantes de toda índole para facilitar el favor, también se distrae de algunos temas aunque realiza observaciones al ministro contador: el superávit cierto que expresan las planillas oficiales esconde obligaciones que no se pagan y que, en apariencia, Caputo no está dispuesto a honrar. O a dilatar con tiempo ilimitado. Como el almacenero que nada más abona las cuentas de proveedores preferidos.

Al menos por el momento se rebela el ministro bajo el argumento de que no solo los jubilados y asalariados deben padecer el ajuste, la guadaña oficial —en este caso la omisión de pagos— la ejecuta contra el sector empresario de la energía a través de la suspensión de pagos en febrero a Camesa, una deuda entre 1000 y 1.500 millones de dólares guardada en la boletería. Javier Milei advirtió: ya me van a conocer los miembros del círculo rojo que me aplaude, los empresarios que hoy al unísono lo van a felicitar en cualquier evento. ¿O creen que las advertencias han sido únicamente para el grupo Clarín?, se puede colegir de su última disertación semanal.

Entre sus requisitos hoy a negociar, el FMI demanda que se contemple rápido ese pago olvidada al rubro energético, pero el ministro entiende que no le corresponde a su cartera satisfacer el cumplimiento. Se mezclan las provincias, cierto tufillo de venalidades desde los tiempos del Plan Gas del ex ministro Guzmán y la complejidad técnica de la discusión alerta sobre una gravedad institucional futura.

Por supuesto, esta inquietud se complementa con la del FMI de carácter contable para dibujar presupuestos, de ahí las declaraciones tipo “nos importa que los ajustes sean sostenidos” del organismo. Debaten también sobre el número de personal apartado por el gobierno del sector público, cifras que en ocasiones no coinciden entre una fuente y otra. Detalles.

Otra condición que el FMI se atribuye a sí mismo es la necesidad de compartir el préstamo al país, los eventuales 15 mil millones de dólares, con otros organismos internacionales, como el Banco Mundial o el BID. Inclusive, también a sus funcionarios se les ocurrió que el sector privado —sean bancos o fondos— se incluyan en este ejercicio crediticio. Mejor en conjunto la experiencia.

Son aspiraciones más recurrentes que la sorprendente enunciación del equilibrio social, la necesaria solidaridad de otros partidos para aprobar leyes o la angustia confesada por los pobres de delegados. A menos que uno crea, obvio, que el FMI adquirió una constitución social demócrata.

Parcialidad también en sus exigencias: nada comentó el FMI sobre el gasto de comprar aviones de guerra norteamericanos a Dinamarca, en medio de una vocinglería la austeridad y podas. Unos 600 millones de dólares se estima el costo de la compra. Tampoco se reconoce que esta operación improcedente fue iniciada por el anterior gobierno de los Fernández (Jorge Taiana) y que progresó en la carrera el brigadier encargado de las tratativas, hoy jefe del Estado Mayor Conjunto, Xavier Julian Isaac. En este caso no se voltean los carteles Kirchner, todos quieren haber nacido el 4 de julio.

Mucho menos se aclara que los caza F-16 son aparatos de hace 40 años, reacondicionados, a los que los dinamarqueses habrán de reemplazar con otros F-16 de última generación provenientes también de los Estados Unidos. Igual que Holanda envía sus viejos cazas a combatir en Ucrania y compra los nuevos que salen de la fábrica de USA. Parece una planificación circular del negocio de la aeronavegación, en este caso de guerra, ante una conflagración inimaginable para una Argentina asolada por otros peligros: el narcotráfico, por ejemplo.

Faltan conocer otros pormenores, condiciones que se firman en letra chica. Por ejemplo, la calidad y cantidad de armamento que acompañan estos aviones y, en particular, las condiciones de uso (por ejemplo, el compromiso de que no se podrán utilizar en combates contra los británicos). Tampoco nadie en la Argentina habla de que “no hay plata” para estos emprendimientos, necesarios tal vez para un país en ascenso, pero nada urgentes cuando está en el descenso.

Mucho menos se explican las condiciones del contrato, sobre todo el mantenimiento —quizás lo más rentable de la operación en cualquier rubro— y la construcción de una pista de uso dual, ya que estos F-16 requieren de mayor distancia para despegar y aterrizar. Será interesante conocer a los oferentes en la futura licitación cuando el gobierno se ufana de parar la obra pública por ahorro y desvergüenza por las corruptelas observadas.

Un condimento de política exterior se agrega a la operación de los F-16: la presión de los Estados Unidos para impedir que el gobierno, como los K, se inclinaran por la compra de aviones chinos más modernos, más baratos y sin condicionamientos para el uso de su artillería. Ni siquiera pudo ofrecer la India una propuesta interesante cuando los aviones de la futura tercera potencia del mundo, no precisamente cercana a Beijing, empiezan a destacarse por su calidad.

Ahora que se consagró el negocio, el embajador Stanley será difícil que vaya con los Milei la semana entrante para ser premiados por la colectividad lubavitch en Miami. Como ocurrió en la anterior ocasión que fueron juntos a la tumba del rabino Schneerson. Mejor que se quede en Buenos Aires para apresurar el crédito del FMI que su país respalda a favor de la Argentina y, de paso, se interese por un Senado que reprobó a un rabino parroquial como embajador en Israel, alguien influyente sobre Milei por leerle la Tora. Dice el cuerpo que no dio la talla. Al revés de otros candidatos del pasado, como el cómico Miguel del Sel. Por no hablar de otros ladrones y esperpentos.

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