Entre la inteligencia artificial y las fuerzas del cielo. Así empezó Javier Milei un recorrido por varios países que puede tener epílogo bélico: asistir en 60 días a Kiev para acompañar en la guerra contra Rusia a Volodimir Zelenski, uno de cuyos hijos con paradero desconocido dicen que está instalado en Entre Ríos. Versiones antojadizas, parte de otra inteligencia, más siniestra que la artificial.

El aterrizaje de Milei en Kiev no será como aquel periplo en barco de Catalina la Grande, por el río Dnieper, cuando visitó a su delegado y amante Potemkin, un conquistador en todo sentido que, para ufanarse de los presuntos progresos de la ciudad que gobernaba, montó una fachada gigante en la ribera durante el día, para ser observado desde el barco con invitados especiales, escenario al que desmontó durante la noche y volvió a exhibir en la jornada siguiente en otra parte de la travesía de la ilustrada emperatriz, una insaciable sexualmente de acuerdo a las habladurías de la época.

La fachada fue un intento de Potemkin por ocultar miserias, un héroe de Putin que el año pasado encomendó una misión secreta para robarse sus restos en las inmediaciones de la capital de Ucrania.

Llegará el mandatario argentino a Kiev con otra expectativa para ofrecer ayuda, quizás, albergue a refugiados de la guerra, ceder un par de helicópteros (MilMi17E) hoy en desuso, radares, drones y munición de distinto calibre, una de las mayores carencias en los dos bandos en pugna, al extremo de que pueden dejar de pelear por falta de stock.

Difícil vaticinar esa futura colaboración de una nación a otra, menos las eventuales consecuencias por inscribirse la Argentina en un conflicto que los europeos de la OTAN consideran tan propio, mucho más que los Estados Unidos —ni hablar si gana en noviembre Donald Trump, quien anunció el retiro de cualquier ayuda—que hasta suponen extender la confrontación a China e Irán, no contenerse solo frente a unos rusos cuya fuerza histórica es el sacrificio humano. Demencia en ambos lados.

Pero antes de esos acontecimientos, Milei recibió hace pocas horas en Miami con su hermana el premio de la “luz” de la congregación Lubavitch y seguramente, con otra versación científica, se iluminará con el admirable empresario Elon Musk en Texas para interesarlo en anotar a la Argentina con empresas del Silicon Valley especialistas en el desarrollo de la inteligencia artificial. Mirada de largo plazo, quizás una de las acciones más interesantes del gobierno con la ventaja de que el innovador revolucionario de Musk, un treki del espacio y la Nasa, parece simpatizar con las singularidades del Presidente.

En una etapa inmediata, como trascendió, Milei luego se cruzará a Europa, a vestirse como líder de las derechas en España, integrarse a Vox y aceptar otro premio de su grey, circular el ego por el G-7 y el G-20, subirse a volar finalmente en Dinamarca —con un atrevimiento no recomendable para su dolorida espalda— en un F-16A/B Block 15 Fighting Falcón, uno de los 24 cazas que acaba de adquirir y cuyo primer pago de 100 millones de dólares se efectuará este año con financiación de los Estados Unidos (el armamento, otro capítulo, es un contrato a suscribir en USA por 321 millones de dólares y que incluyen misiles de corto y mediano alcance, junto a kits de bombas guiadas por GPS). Un salto tecnológico frente a los Mirage de los años 60, una cobertura aérea comparable a países vecinos como Chile.

Curitas y Lexotanil

Tal vez innecesaria económicamente esta continuidad de la política ya programada en el gobierno de los Fernández, que implican otros gastos suculentos: ampliación de una pista y un mantenimiento de los cazas que funciona como un taxi. Poco explicable la compra en un país con necesidades extremas y, lo que es peor, autorizado hasta por los responsables del Fondo Monetario Internacional, que exigen rever el ingreso de un jubilado y ni chistan por adquisiciones de guerra. Como si la compra de armas fuera más prioritaria que el ordenamiento económico.

Una concesión, claro, a demandas estratégicas del Pentágono, interpretadas en la última visita de la Comandante del cono Sur, Laura Richardson —quien también había encontrado orégano en un té que compartió con Cristina Fernández de Kirchner— y en el embajador Marc Stanley (quien podría quedarse a vivir en la Argentina si Trump gana la Casa Blanca), deseosos por borrar cualquier rastro chino en las inmediaciones del Estrecho de Magallanes, un paso vital entre los océanos a partir del secado del lago Gatun (Panamá) que complica el tránsito por ese Canal y por donde no pueden cruzar los portaviones norteamericanos.

Esa circulación libre de intrusos en el Sur le interesa a Washington, lo mismo que el acceso a la Antártida, de ahí la insistencia por colaborar con la Argentina instalando una base “integrada” en Ushuaia, y la suspensión en un mismo paquete de la central atómica Atucha III, la actividad del Carem (fabricante oficial de reactores nucleares para reemplazar usinas eléctricas en las provincias) y el RA10 que produce isótopos medicinales. Dicen que estos requisitos no son los mismos que en los noventa se utilizaron sobre Menem para desarmar el Plan Cóndor: entonces, fue un ultimátum, ahora son recomendaciones. Milei estima que un nuevo maridaje le facilitará el acceso a recuperar las Malvinas, aspiración a escribir en otra nota, bajo el signo “in God we trust”.

(Perfil)