Hace varios años, por radio, Emilio Pérsico, gestor y símbolo de los planes sociales, confesaba con impávido humor y cierta soberbia que era una suerte de chulo o cafishio, aparte de proclamado vago. Reconocía en la emisión radial no tener trabajo y vivir del sustento conseguido por su mujer, una joven legisladora (la tercera pareja en su historia). Se supone que realizaba milagros para subsistir: para entonces era responsable de diez hijos en tres matrimonios, merecía más de un plan social. De ahí, seguramente, su especialidad en la materia.

Disponía entonces de la bendición de la Iglesia católica por ser un semental creyente en la redistribución de herederos, concedida por su amigo Bergoglio, hoy Papa. Obvio: en esos momentos ya había abandonado su militancia por la revolución armada en Montoneros y estaba lanzado al emprendimiento de la expansión demográfica. Si no puedo con un proyecto, cambio a otro.

Gracias al matrimonio Kirchner (su último hijo se llama Néstor y no es por homenajear a un jugador de fútbol o a un camarada perdido en la lucha contra la dictadura), también a Mauricio Macri y su frágil Carolina Stanley, sin olvidar las provisiones de Cristina y Alberto Fernández, Pérsico se colmó de fondos extraordinarios en estos años para desarrollar un organizado imperio de pobres con más de un millón de almas. Algunos pueden considerarlos soldados de un ejército, sin duda una exageración.

Aquel legatario de heladerías con su apellido jamás soñó el poderío personal logrado, el mismo que no pudieron constituir las formaciones especiales que integró, antaño, a través de bombas, secuestros y asesinatos (recordar que Pérsico, como comandante social, se sintió en la obligación de comprar la casa en que había vivido Mario Firmenich, su comandante militar). El logro se realizó sin sangre, apenas con el aspaviento del piquete y la progresiva degradación económica del país.

Otro detalle: lo más destacado es que Pérsico obtuvo su potentado feudo sin que nadie lo votara en elecciones: igual accedió al privilegio o a la necesidad de que el Estado le suministre un ingreso de 270 mil millones de pesos para su emprendimiento solidario. De rondón, mientras, navega a favor de una pretensión católica: llenar el país de pobres y que el gobierno sea administrado con personas de tez mate, el color del Río de la Plata según él. Contra su propia piel inclusive.

Por fortuna, esta talibamanía monocolor—que incluye la campaña a favor de los mapuches— aun no exige que los ciudadanos porten su luenga barba, sea por la de Dios, la de los ortodoxos judíos o la ensortijada del Mío Cid. Aunque tal vez la acumulación pilífera de Pérsico haya surgido de una promesa al Vaticano y su reino por haberse salvado de juicios por siniestros enfrentamientos pasados.

Se avivó Cristina: desde hace 48 horas empezó a rebelarse contra el dominio que encarna Pérsico, también otros partidarios de Francisco como Grabois o subproductos de la misma estirpe, casi todos expertos en expropiación de tierras. Pidió la ex Presidente, para escándalo de la militancia social, que se controlen y auditen los recursos entregados a las organizaciones de este tipo. Básico: si el Estado provee los recursos, el Estado tiene la responsabilidad de administrarlos. Y tiene delegados propios para hacerlo, no requiere de otros asistentes. Gente elegida por el pueblo, además.

Se plantea la rebelión en la granja: la Vice apunta contra el único sector agraciado que sostiene a Alberto Fernández, firmante con la lapicera de notables recursos para los agradecidos movimientos vinculados a Pérsico. Aparte de esa generosidad de recursos, ella denuncia otra interferencia: el entrismo dentro del PJ o de la coalición oficialista, un hábito que primero admiró Perón de los Montoneros y luego advirtió que lo arrasaban a él. Por lo tanto, hoy Alberto bien podría ser un Cámpora de la época, según Cristina, salvo que aquel hombre de San Andrés de Giles al menos te arreglaba los dientes.

Si se continúa el nuevo escrutinio bélico, también se perciben otros intereses: Cristina admite que las organizaciones sociales superaron en movilización e incidencia a La Cámpora, convertida ya en la “agencia de contrataciones” del sector público que había anticipado Jorge Asís hace años. Pérsico se convirtió en un incubo sobre el núcleo cristinista y avanza en términos políticos: desprecia la casta como Milei y acecha para presentarse en la provincia de Buenos Aires. De ahí el enojo de la viuda de Kirchner.

Para colmo, es personal la disputa: la mujer de Pérsico, Patricia Cubría, se perfila como candidata en La Matanza, territorio más importante que algunas provincias y corazón presunto del kirchnerismo básico. Teme Cristina que le fracturen su bloque de poder en el distrito, la pérdida del mando en uno de los pocos lugares propicios que le queda. Igual nadie sabe si el millón y pico de personas que marchan con Pérsico y compañía, obedientes, mantendrán esa sumisión a la hora del cuarto oscuro.

Viene un choque de trenes entre las dos partes, ira de los heridos por el maltrato al mundo piquetero y, sobre todo, por la miel que Cristina deposita para atraer a las moscas impulsando un nuevo régimen de subsidios sociales para que sea controlado por los gobernadores y también por los intendentes. Les corresponde, son el Estado y han sido elegidos democráticamente al revés de las otras organizaciones, un implante que más temprano que tarde se constituirá en instrumentos políticos para desalojar a los políticos. En particular, peronistas.

La pelea, como siempre, es por plata. Quizás sea tardía la reflexión femenina, su reconocimiento de que Alberto endulza a los núcleos sociales para que lo sostengan, no hagan alboroto, se disciplinen ante Guzmán y el mismo Fondo Monetario Internacional (Pérsico sostuvo que el último acuerdo con el FMI no tiene condicionamientos). Para la vice, ya son hijos del liberalismo o del neoliberalismo. Para ella es lo mismo. Quienes se pueden beneficiar con su oferta, provincias e intendencias, se tientan con esa atracción monetaria, el cambio de boletería. Los intendentes bonaerenses, inclusive los de la oposición, se ponen en la fila, reniegan del albertismo y hasta quizás más de un ministro de ese origen decida volver a su terruño para someterse a la autoridad de la dama, a la preservación del refugio.

Reaparece en ese juego Kicillof y su intento de sucederse a sí mismo, determinación de Cristina que al parecer sembró discordia con su propio hijo, Máximo, quien por razones lúdicas apoyaba a Martín Insaurralde. No solo ella lo bajó como candidato, quiere su vuelta a Lomas de Zamora y la entrega del cargo a Bianco, el enternecedor amigo del gobernador. Esta operación magnifica el malestar con Máximo, quien considera a Kicillof un jarabe de mal gusto, a pesar de que es el socorro intelectual al que siempre apela su madre.

Al castigado Insaurralde ahora le reprochan el fracasado intento por llevarlo a la Gobernación —como si no hubiera sido un plan de Cristina— y también la nula repercusión de su candidatura: entienden que su esposa, la modelo Jesica Cirio, tiene en internet más seguidores que él. Nadie tampoco sabe si el hijo de la Vice comparte el mismo criterio de su madre con la ofensiva contra los grupos sociales, ya que en su cabeza de La Cámpora siempre respiró un aire de negación para no fortalecer el “aparato” de los intendentes, de los barones del conurbano, de aquellos a los que inventó Duhalde para convertir la provincia en una estancia. Igual a lo que pretende hoy Cristina. Habrá que reconocer que Pérsico siempre se opuso a ese modelo.

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