Huracán sobre el azúcar político: se quedaron sin nafta Macri, Cristina, Alberto, Carrió. Les queda cobrar la jubilación y vivir de sus ahorros. Ya no más presidencias. Final escriturado para protagonistas de las dos últimas décadas, reyes de la casta que ahora huyen hacia adelante sin paradero y fingiendo que dominan a la banda política que han representado. Un descabezamiento silencioso en algo más de dos meses, casi revolucionario, ignorado curiosamente por la izquierda revolucionaria. No hubo necesidad de violencia o de elecciones calamitosas: los líderes se han diluido, esfumado.

Faltan aún más figuras para sucumbir en esa barrida antes de terminar el año, retirada involuntaria que incluye a otra dama del elenco principal: María Eugenia Vidal. Se truncó, hoy poco significa y, como la política es un ejercicio contable, tampoco suma.

Dejó de ser la luminaria Heidi y, con una rara habilidad, se despegó de los tres referentes máximos del PRO. Un empeño que reconoce incapacidad política. Ya no le confía Horacio Rodríguez Larreta luego de que su pupila alternara en otras casas de citas partidarias. Tampoco la resiste Patricia, un encono que se incrementó en los últimos meses, cuando la Vidal apareció como adversaria para quitarle votos en la aspiración presidencial y Bullrich entendió que esa jugada respondía a una operación del jefe de Gobierno. A su vez, Mauricio Macri, quien parecía solazarse por haberla acercado a su tienda, se malquistó luego ante el esbozo de que María Eugenia fuera a convertirse en sucedánea porteña versus Jorge Macri, el candidato de la familia. En todo caso, ella se ofrecía por si el pariente de Vicente López no reúne los papeles necesarios para presentarse en Capital. Parece que el gesto no fue bien interpretado.

Por el contrario, reflotaron viejos episodios, algunos sin haber sido saldados en la cuenta del almacenero. Inolvidables. Como una reunión en la que fue acompañada, luego de la derrota por la gobernación, por su ministro Gustavo Ferrari y su dilecto jefe de gabinete Federico Salvai, coraceros de confianza, ante los triunfantes y opositores Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner. A Macri le contaron los detalles de ese encuentro que, para muchos, constituyó un esfuerzo de generosidad democrática para que las partes mantuvieran el orden institucional y realizaran sin conflictos la transición. Sin embargo, siempre hay otra versión de esa cumbre y, como después María Eugenia decidió “no volver nunca a la provincia”, abundaron las preguntas sobre esa decisión: la derrota como gobernadora no era tan irreparable para tronchar su carrera en la provincia.

En política no se entienden esas decisiones, la tradición profesional obliga a volver a competir, como lo hicieron Lula o Salvador Allende. Pero ella se fugó, mudándose a la Capital. Según sus críticos, partió como Sobremonte. Sin el tesoro, claro. Mayor sorpresa hubo, más tarde, cuando no aparecieron causas judiciales en su contra, nadie del kirchnerismo pareció objetar su transparencia gubernamental después de 4 años de administración. Casi un milagro. Tampoco se mencionaron errores, averías o mínimos actos pecaminosos, tan habituales entre dos gobiernos de signos opuestos (sólo le surgió un fantasma de corrupción por la compra de un departamento en la Capital, con créditos dudosos). En la provincia, nada; ni el gobernador Kicillof se permitió denuncias o excesos contra ella, salvo algunas críticas de compromiso. Para Macri, como el tango se baila de dos, puede decir que en este caso lo han hecho con maestría, en puntas de pie.

Confronta esa situación de María Eugenia con la suya, quien desde que dejó la Casa Rosada le enrostraron un sinnúmero de denuncias y por lo menos está complicado en tres causas difíciles de contenido discutible. Dice no estar nervioso, pero nadie disfruta con esos pesares tribunalicios, ni siquiera con la llegada de un gobierno de su afinidad.

Como ejemplo se sirve de la misma Cristina, quien padece procesos y sentencias y, al margen del publicitar el lawfare, la incorrección de ciertos magistrados o la irrelevancia de ciertas pruebas, se ha cargado de odio contra una de las personas con las que compartió años de gobierno. Detesta a Julio de Vido, y es correspondida naturalmente por el ex ministro, lo expresa con la misma tirria que aplicaba al finado juez Bonadío, con un interrogante a considerar: ¿cómo es posible que yo haya sido condenada por responsabilidad en unas obras que estaban bajo la batuta del ministro y, a éste, lo liberaron de cualquier culpa? En materia de nombres, puede mencionar operadores judiciales, jueces mismos, que son capaces de inventar estos trucos de magia.

Macri, también sus otros colegas de la cúpula PRO, razonan con astucia y rabia contra un presunto conductor intelectual de la Vidal, Salvai, al que le señalan desde operaciones en su momento para dividir las elecciones provinciales de las nacionales —lo que hubiera perjudicado aún más la caída del ingeniero presidente— a cuestiones domésticas como introducirla en intereses de medio ambiente en una isla en el Lago Nahuel Huapi. Ni que ella fuera a repetir al alemán Richter en la experiencia atómica de Huemul.

En esas menudencias también se han anotado los radicales hace tiempo, aportan otras precisiones. Por encima de estos episodios, las cada vez más frecuentes reuniones de los directivos del PRO parecen oscurecer la estrella de María Eugenia, sin participación, esperando una vacante en un gobierno próximo.

En el último encuentro de esta semana, en la que fue anfitrión Rodríguez Larreta, inventaron mesas específicas para los distritos capitalinos y bonaerenses (a ver si los de abajo arreglan lo que no pueden los de arriba) y persistieron dudas, sospechas, criterios diferentes por la congelada incorporación de José Luis Espert al partido, limbo en el cual no se sabe hasta cuándo habrá de permanecer el economista.

Discuten también sobre la necesidad de un único candidato partidario para la interna de Capital confiando en que el médico Quirós abandonará pretensiones a pesar de las fotografías en conjunto que se saca en el gobierno porteño. Su baja implica otras compensaciones, si se produce. A él le disgusta la confrontación, pero Rodríguez Larreta mantiene el fuego encendido del debate para obtener preferencias, como indica el manual. Eso indigna a Macri, quien a la inversa le ha cuestionado —al igual que a la misma Patricia— la incompetencia de liderazgo por ridiculeces y escapes del PRO en varias provincias, léase Córdoba, Mendoza, Neuquén o Santa Fe. Vienen más escisiones para demostrar que también el ingeniero no puede desprenderse de esas fallas de mando en una organización que tal vez llegue al poder el próximo año. Al margen de los percances personales, el ocaso de María Eugenia Vidal obedece a esa crisis colectiva en la jefatura partidaria.

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